Miro hacia abajo, un campo de nubes tapa la imagen que debería dar el suelo a cientos de metros de altura. Debe ser hermoso... Me imagino casas con sus chimeneas encendidas, parejas amándose al fuego del hogar, jurándose amor eterno. No muy lejos habría un lago, o tal vez una plaza donde un grupo de amigos estarían forjando su amistad, haciéndola cada vez más y más sólida. Me imagino un aventurero de tierras lejanas visitando la zona. Escribe en su diario sus vivencias y recuerda las pasadas. Me imagino a un muchacho en lo alto de la alta montaña, la cual da una agradecida sombra en los días de verano. Me imagino el momento en el que se decide a saltar. Pero, de repente, aparece alguien que le quiere de todo corazón. Tal vez un familiar, un amigo, una chica locamente enamorada de él. Me imagino cómo retrocede, se aleja del precipicio y continúa con una más que feliz vida.
Lágrimas recorren mis mejillas. Lloro desconsoladamente. Lo único que capto es el aleteo de las aves carroñeras que intuyen que se van a dar esta noche un buen banquete. Me decido a saltar. Cojo aire. Me decido a dar el paso.
Como era de esperar, el familiar, el amigo, la chica locamente enamorada de mí, no aparece. Caigo. Caigo a tal velocidad que apenas puedo coger aire para gritar de desolación. Atravieso el campo de nubes. Todo está en calma. Parece que el mundo entero guarda silencio ante este momento. Es la primera vez que me siento protagonista de algo. El mundo está en calma. Y yo ya no sufro más.
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